Injusticia y pedagogía. Por Fernando Escobar
El saber cuya esencia es la crítica no puede reducirse al movimiento objetivo. Conduce hacia el Otro. Recibir al Otro, es cuestionar mi libertad. (Emmanuel Levinas: Totalidad e Infinito )

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Fernando Escobar. Martes 22 de Agosto del año 2006 / 16:24
“El saber cuya esencia es la crítica no puede reducirse
al movimiento objetivo. Conduce hacia el Otro. Recibir
al Otro, es cuestionar mi libertad.”
(Emmanuel Levinas: Totalidad e Infinito )

Este ensayo, que llega a vuestras manos, no espera ser explicado, ni menos aún, interpretado. Sólo es mi responsabilidad escribirlo, es un mandato que viene de allá, de ustedes, de Nosotros, de Entre Nosotros.
Todo texto es una Obra, ciertamente que este no escapa a esa determinación: Es acabado en su escritura, en su formato, en su conclusión, en la conclusión de ustedes. ¿Qué más cabe esperar de un texto? Demasiado es la respuesta, toda esta determinación es arrebasada en si misma, hay muchas cuestiones que escapan al texto mismo, a la violencia escritural. Corte tajante al pensamiento, violencia extrema en este papel.

Sé que aún es muy confuso el comienzo de esta reflexión, casi inefable e ininteligible, el intelecto se tambalea ante la nula referencia teórica y de contexto de esta cuestión planteada. ¿Acaso hay una cuestión planteada?, quizás hay una cuestión plantada a la cual dirijo este ensayo, una cuestión que se asume de manera intrínseca a lo que denominamos Humanidad. No se puede pensar la una sin la otra.


Pensar la humanidad es algo fácil dentro de la institución académica, es más, esta se arroga el derecho de someter a cuestión los tiempos en que ésta padece su quehacer. Es así como la cuestión que mantiene en vilo al lector es lo recién enunciado, eso que no se puede pensar separado del concepto de Humanidad. Lo que hay que pensar propiamente.
Desde un tiempo hasta ahora se escucha un clamor muy fuerte de justicia, un llamado fuerte e inadvertido, una cuestión que nos hace oídos. Un sentimiento de disconformidad en nuestro tiempo. Es esto lo problemático, una cuestión de suma urgencia, una cuestión que proviene desde Francia, medio Oriente, desde el no-lugar del terrorismo y de los medios de comunicación, desde la cotidianidad de nuestras vidas. ¿Es que acaso eso propiamente humano se encuentra en crisis?
¿Por que este deseo de justicia es más fuerte, al parecer, hoy más que antes, acaso las injusticias no se han superado desde la catástrofe mundial del 45 o el fin de la Guerra Fría? ¿Acaso el mundo no aprendió una lección? Quizás esa superación es ella misma su fracaso, arrastrando con ella a la “Humanidad”. ¿Acaso hay algo que aprender?

Justamente es esta la cuestión que nos permite una entrada al texto, el llamado a “aprender”, el inclinarse a la lección, al ejemplo, a la cuestión que debemos atestiguar. Las lecciones, por mucho que cambie su forma de entrar en relación con ellas , siguen siendo siempre lo mismo: relación con la Obra.


Las lecciones son cuestiones acabadas que –independiente de cómo se aborden- “són”. Sin embargo la obra que pretendo abordar nos es cualquier Obra, es una obra que encuentra justificación en más obras, es un conjunto que citamos en todo momento, en todo tiempo injusto y justo, una obra que se cita a si misma: la Historia.

La historia es la gran lección de nuestro tiempo, todo llanto de justicia proviene de esta obra, toda justicia es una obra más en esta obra. La cuestión acabada es lo que entra en crisis en todo momento, toda totalización constantemente fracasa, la humanidad constantemente se escapa.


Sin lugar a dudas la humanidad es una cuestión que conocemos, ciertamente podemos hablar de ella pues al parecer todo reclamo se efectúa desde ella. Todo acto injusto es reprochable por inhumano, la vara es muy alta.
La obra se mira, se interpreta, la interpreto, la conozco, conozco al autor a través de ella, soy yo quien enseño la obra que objetivamente se alza ante mis ojos. Los horrores se superan, porque están presentes en todo momento. La Humanidad elige su camino porque es ella misma una obra de la historia. Occidente es una obra que aceptamos sin más.
¿Es que acaso las obras son cuestionable? ¿Quienes somos nosotros para cuestionar la obra de Otro?, ¿Quienes somos nosotros para cuestionar la humanidad? Nadie. Sin embargo este nadie supone ya una primacía del yo por sobre la obra misma, soy yo quien elijo, soy yo quien conoce la obra, soy yo quien cuestiono al otro aun no queriendo cuestionar. La historia es la obra que pierde su movimiento mas intimo. La historia de lo “dicho” olvida el “decir”.

En toda obra hay algo que escapa a la representación, algo que no se puede apresar ni comprender. Algo que nosotros no prestamos atención, algo que justamente es muy importante pensar, pues nos abre las puertas para pensar de otro modo. Lo tachado: el “decir”.


El decir y la Obra Moderna.

Ciertamente que nuestra condición actual exige pensar el lugar del llanto de justicia. Esta exigencia es ella misma su puesta en cuestión .

Pero dije hace un momento que este llamado, este malestar es siempre “en” y “por” la historia. Hay algo acabado al cual podemos referir nuestro intelecto y comparar nuestra actualidad. En el concierto actual no hay cabida para pronósticos apocalípticos de injusticias. Al parecer hoy en día, cuando todas la ideologías y comunidades sustentadas en la identidad han pasado, se esta mejor que nunca, Leibniz diría que nos encontramos en el mejor de los mundos posibles. Toda esta carga representacional hacen de nuestra injusticia una obra que se conoce a través de la historia, es ella su obra y se mide en su obrar. ¿Por que entonces se hace este llamado a la justicia, apelando a la humanidad misma? ¿Desde donde podemos salvar esta situación y hacer un diagnostico? ¿Cual es la vara que mide a nuestra época actual? Al parecer la obra desde donde se rechaza todo acto horroroso, es la obra en donde la humanidad encuentra su sustancia, en donde se sustancializa lo propio de nosotros;

La Obra: “Los derechos Humanos”.

Estos derechos, justamente en su calidad de derechos, se enuncian de manera violenta ante todo lo que escapa a esta rectitud. El derecho se justifica en lo que rompe constantemente esta norma, el enunciado objetiva nuestro horizonte y mantiene el sentido de nuestra comunidad, comunidad de los hombres.

Ciertamente que los derechos humanos son la consumación de un discurso que ha encontrado su consumación en el no-discurso globalizante de indiferenciación de la diferencia, es así como ya no se habla de comunidades ni de ideologías totalitarias. El gesto moderno se asume como totalidad de Occidente democrático al decir que el hombre es un ser de derechos tan propios que no puede no querer obligarse a ellos, pues son tan propios de nuestra condición de humanidad que no los podemos romper. La cuestión del derecho siempre nos circunscribe dentro de la comunidad propiamente humana, una comunidad neutra que borra el encuentro singular, personal, intimo con el otro. La diferencia es borrada en la humanidad. Sin embargo esto debe aun ser trabajado pues los derechos humanos son el resultado de una cuestión tan fascista como las ideologías dejadas en el pasado. Pues toda obra violenta el gesto que propiamente debemos prestar atención, y que no es una lección que aprender, es la lección que se me presenta siempre, se me revela, pues escapa a toda representación y, por ende, a toda pedagogía. Lo dicho de este clamor de justicia, que se afirma en lo dicho de la historia, y en la obra propiamente humana nos entrega la humanidad: los derechos Humanos.


Pienso que todo dicho no es importante en la ética, al contrario, termina por borrar la alteridad, dejando y afirmando cada vez más al Yo: la mismidad misma. Al parecer el discurso moderno, el ontologismo ético terminó siendo una ética que pone límites al Otro, el gesto de la propiedad privada es privar al otro su trascendencia al mismo. Puro limite, corte tajante al Otro. El gesto imperialista de nuestro mejor mundo posible es el Yo expandiendo su propiedad, violentando la alteridad bajo la consigna democrática y política Económica. ¿Es que acaso es esta nuestra comunidad que se cree haber abolido? La comunidad de los sujetos interesados: “El hombre es un ser de necesidades infinitas” al cual debemos respetar sus deseos, sus limites sin pasarme a llevar. La Ética es la ética de uno solo, al fin y al cabo, los derechos Humanos vienen a estandarizar los limites del si mismo. Gran comunidad de los “yo”, esto hace que lo propiamente humano comience a absorber a todo sesgo de alteridad.

Ante esta cuestión el decir es violentado, se pierde tras la representación de la mismidad, de la totalización, solo nos quedamos con la propiedad de lo dicho, de la Obra, de la propiedad de la humanidad: su historia y los datos que podemos desechar por xenofóbicos.


Lo importante: como decía Francis Guibal en el simposio Convocación y presencia” no es lo que el Papa hablaba y conversaba con las autoridades religiosas de Israel en su viaje a aquel lugar en el año 2000, sino el gesto de romper la propiedad de Occidente, el gesto del viaje, el decir de lo dicho. Esto es recibir al Otro.


Entonces prestar atención al gesto de clamor de Justicia, no a la Obra al cual se dirige o busca conocer, sino a lo que se revela en este llanto: la presencia del Otro, nuestro malestar en la mismidad violenta. Esta lección ética no permite el acabamiento de la totalización, la pedagogía encuentra su fracaso.



Educación y Otro.
Las ideas me instruyen a partir del maestro(…) El maestro -coincidencia de la enseñanza y del que enseña- no es
un hecho cualquiera, a su vez. El presente de la manifestación del maestro que enseña sobrepasa la anarquía del hecho.
(Emmanuel Levinas: Totalidad e Infinito)

Prestar atención al clamor de justicia, pues siempre es un hecho seguro, es consecuencia de un hecho objetivo y por ende de una lección no aprendida. Bajo este yugo nos hace frente el lugar propio en que un discurso totalizante se mantiene en si mismo y para si mismo. Solo se piensa a si mismo sin ningún engaño exterior. La Educación se entiende con obras y entrega la obra. La Humanidad se piensa a si misma en este lugar como si el embrión se gestara a si mismo desde nada y sin nada, pura actualidad.

La historia como obra que funda nuestra esencialidad, que nos distingue como humanidad, violenta la alteridad. Los derechos Humanos son el derecho de una unidad que borra al Otro, aniquila al extranjero, parafraseando a Levinas, Los derechos Humanos son solo una obra que se puede leer a través de la historia y por la historia. Las lecciones se consuman constantemente en esta descripción de nuestro ser mas propio.


He aquí la importancia de la educación, no podemos pensar un discurso pedagógico desligado de los derechos Humanos , de la entrega de estos a la humanidad. De ahí el hecho de que este discurso, constitutivo de sí mismo, fracase en su intento, pues la Lección no se aprende. El clamor siempre es demasiado fuerte. La injusticia aun vive en nuestro lenguaje.


¿Es que acaso la pedagogía no asume su rol ético?, es necesario pensar lo Ético cuando esta se arroga el derecho de ser el lugar en donde se forman los hombres. Cuando no se piensa alejada de la obra humana. La educación como entrega de Obra y contemplación objetiva de la Obra sigue siendo un discurso fascista, la educación vive en la melancolía de una comunidad de muerte, la Obra no muere. La Globalización se asume como una comunidad sin tierra ni sangre, pero comulga en la propiedad privada, en la propiedad que pretende adentrar todo, aniquilar todo, homogenizar todo. Propiedades, los derechos humanos son el conocimiento objetivo de la mismidad.


A esto la pedagogía se entrega, y no creo que sea otro su fin, pues, es la obra que se impone en Occidente, en la Historia que hay que aprender: gesto pedagógico por excelencia.


Es urgente aceptar este clamor de justicia, pues es revelación de un conocimiento sin límites. Grito justicia en la revelación del Otro violentado, y así me invita a ponerme en cuestión. A esto hay que dirigir el oído, pues el conocimiento viene del infinito que me revela el rostro del Otro.


La alteridad jamás puede ser unidad, ni se puede apresar ni comprender ni menos subyugar. Si fuera así no habría saber ni dicho, pues no habría decir, habría unidad en lo Uno. El Otro se me revela y se enseña, el Otro es el maestro y no la pedagogía en sí, no es la lección de la Obra quien delimita la Humanidad. Justamente la humanidad se rebasa constantemente, no tiene límites. Pero el deseo del Otro me pone en cuestión constantemente. El maestro, el conocimiento infinito no pone en cuestión al derecho Humano, va mas allá que toda Obra. La totalidad, la mismidad, el yo fracasa ante el Otro y se pone en cuestión en este llanto. La lección no se aprende en las obras, pues estas son obra de violencia, obran violentamente. El saber, el discurso pedagógico Occidental, es un fascismo nada distinto al cometido por los Nazis. Mientras nos quedemos en la contemplación de las Obras, la alteridad seguirá horrorizando a la mismidad.


El si mismo seguirá desgarrado en su llanto, la totalidad jamás se cerrara ante la idea de infinito que me revela el rostro del Otro, pues no hay lección que aprender. El maestro me enseña y se enseña en el decir. El gesto Socrático, en donde se funda el conocimiento de Occidente, es pedagogía de lo dicho y xenofobia constante al llamado ético del Otro. El conocimiento es crítica a Occidente cuando recibo al Otro en su condición de extranjero.

  • Fernando Escobar.
  • http://www.antroposmoderno.com/antro-articulo.php?id_articulo=997

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