De Máquinas Y Seres Vivos: Autopoiesis. Prefacio de Francisco Varela: LOS AÑOS DE INCUBACIÓN, Aprendiz de neurobiólogo, La reflexión filosófica
La tendencia a la que hago referencia, dicho rápidamente, es la desaparición del espacio intelectual y social que hace del conocer una representación mentalista y del hombre un agente racional.

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Autopoiesis.cl Sábado 23 de Mayo del año 2009 / 10:19

La tendencia a la que hago referencia, dicho rápidamente, es la desaparición del espacio intelectual y social que hace del conocer una representación mentalista y del hombre un agente racional. Es la desaparición de lo que Heidegger llama la época de la imagen del mundo y que puede también designarse como cartesianismo. Si la autopoiesis ha tenido influencia es porque supo alinearse con otro proyecto cuyo centro de interés es la capacidad interpretativa del ser vivo que concibe al hombre no como un agente que "descubre" el mundo, sino que lo constituye. Es lo que podemos llamar el giro ontológico de la modernidad, que hacia el fin siglo XX se perfila como un nuevo espacio de vida social y de pensamiento que ciertamente está cambiando progresivamente el rostro de la ciencia.


A lo largo es estas páginas intentaré un mayor desarrollo de lo que acabo de expresar. Son ideas que debemos tener como faros frente a nosotros, para hacer posible una lectura de los orígenes, la gestación y maduración de la idea de autopoiesis. Dicho de otra manera, la autopoiesis ocupa un lugar en una trama bastante más amplia que la de la biología, en la que aparece hoy en una posición privilegiada. Esa sintonía con una tendencia histórica, intuida más que sabida, constituye el fundamento central de este libro y es su trayectoria la que me propongo trazar.


Dejar una firma en un texto, más que una posesión personal, es un hito en un camino. Las ideas aparecen como movimientos de redes históricas en que los individuos son formados, más que ellos a las ideas. Así, Darwin tenía ya a Wallace que lo esperaba, y a la Inglaterra victoriana como sustrato; Einstein solitario en su oficina de patentes suiza, dialogaba con Lorentz, y lo sostenía el mundo de la física germánica de fin de siglo; Crick conocía ya las ideas de Rose y Pauling al encontrar a Watson, y su estado de ánimo era propio del Cambridge de los años 50. Haciendo las diferencias y guardando las distancias que cabe, la historia de la autopoiesis también tiene sus antecedentes de resultados de donde surge y un sustrato peculiar que la nutre, en particular en las ideas de Maturana en los años 60. Pero más allá, fue Chile entero que jugó un rol fundamental en esta historia. Los nuevos científicos de Chile y América Latina tienen aquí material para la reflexión.


Escribir este prefacio es, insisto, un pliegue de la historia donde los hombres y las ideas viven porque somos más puntos de acumulación de las redes sociales en las que habitamos que voluntades o genios individuales. No se puede pretender aglutinar la densidad de acciones y conversaciones que nos constituyen en un relato personal necesariamente unidimensional. No pretendo que lo que digo aquí es una narrativa pretendidamente objetiva. Lo que ofrezco es, por primera vez, mi lectura, tentativa y abierta, de cómo surgió la noción de autopoiesis, y cuál ha sido su importancia y devenir. Cada una de las cosas que digo la he madurado largamente, y la creo honesta hasta donde puedo juzgar en mi conciencia como responsable de ser uno de los actores directos de esta creación, pero consciente de que no puedo considerarme poseedor de la verdad.


Para poder iluminar los temas de fondo necesito comenzar por lo que fueron las raíces de esta historia desde mi perspectiva personal. Paradójicamente, sólo a través de rescatar cómo los temas de fondo aparecieron en la especificidad de mi perspectiva es que puedo comunicar al lector la manera como esta invención encuentra un lugar en un horizonte más amplio.



LOS AÑOS DE INCUBACIÓN


Pertenezco a una generación de científicos chilenos que tuvimos el privilegio de ser jóvenes en uno de los momentos más creativos de la comunidad científica chilena en la década de los años sesenta. Como adolescente, tuve una vocación temprana por el trabajo intelectual y las ciencias biológicas me parecían sin dudas como mi norte. Al egresar de secundaria en 1963 opté por la Universidad Católica que anunciaba un innovativo programa de "Licenciatura en Ciencias Biológicas" consecutivo al tercer año de Medicina. Como alumno de medicina, conocí así a los primeros investigadores que me parecieron fascinantes, personajes como Luis Izquierdo, Juan Vial, Héctor Croxato y sobre todo Joaquín Luco, quien me contagió definitivamente con la pasión de la neurobiología. A poco andar en mi primer año, pedí a Vial que me admitiera como aprendiz en su laboratorio de Biología Celular. Me dio la llave de una pequeña puerta de su laboratorio que daba a calle Marcoleta, donde iba en horas libres a hacer cortes de nervios con tinción de mielina.


Juan Vial me dio también buenos consejos, incluyendo el de cambiarme a continuar mi formación en 1965 a la recién abierta Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile. Fue un paso crucial, porque salí del universo de las carreras tradicionales para entrar de lleno en el universo de la formación científica exclusiva, hasta entonces desconocida en Chile. En unas salas prestadas en el último piso de la Escuela de Ingeniería de Beaucheff encontré mi caldo de cultivo: un pequeño grupo de jóvenes entusiasmados por la  investigación en ciencias puras, y profesores-investigadores que enseñaban a los futuros científicos con pasión.



Aprendiz de neurobiólogo

El último de los consejos de Vial fue que intentara trabajar con Humberto Maturana, quien acababa de cambiarse de la Escuela de Medicina de la U. de Chile a la nueva Facultad de Ciencias. Un buen día de abril de 1966 fui a verlo a su laboratorio en el subterráneo de uno de los "dientes" de la nueva escuela en calle Independencia. Me preguntó qué era lo que me interesaba y en mi entusiasmo de los veinte le dije sin vacilación: "¡El siquismo en el universo!”. Humberto sonrió y dijo: "Muchacho, has llegado al lugar adecuado...". Fue un día memorable y el comienzo de una relación que tendría consecuencias para ambos. Maturana era ya un investigador de estatura en aquella época, conocido por sus trabajos de la fisiología de la visión en varios papers clásicos que había realizado en Harvard y MIT antes de volver a Chile1. 

En Chile continuaba trabajando en fisiología y anatomía de la retina de vertebrados.

Para continuar con mi aprendizaje en el oficio, Humberto me pidió que repitiera experimentos de registro eléctrico en el tectum óptico de la rana, lo que me llevó a profundizar los problemas de visión más a fondo de lo que nunca lo había hecho con ningún tema científico. Cuando dejé el laboratorio de Independencia para partir a EE.UU. dos años después, había desarrollado la capacidad de generar mis primeras ideas de investigación. Se trataba de una hipótesis sobre el rol del tiempo en la forma de operar de la retina, que llevaba a unas predicciones experimentales que dieron origen a mi primer artículo científico2.


La influencia de Maturana fue uno de los pilares que me dio los años de aprendizaje en Chile, y sobre la cual tendré más que decir. Pero es importante que esboce como hubo al menos otras dos corrientes de influencia que tuvieron y han seguido teniendo un enorme peso en mi historia intelectual. La primera, fue la filosofía y haber encontrado ciertas lecturas claves en esos años de formación. La segunda, fue el descubrir el mundo de la cibernética y la biología teórica.



La reflexión filosófica

En los años de liceo mis lecturas filosóficas eran tan apasionadas como azarosas, mezclando Aristóteles (en esas bellas ediciones de la Revista de Occidente), Ortega y Gasset, Sartre y Papini. En la Escuela de Medicina, un encuentro fructífero con Arturo Gaete me guió en una lectura disciplinada de Teilhard de Chardin. En la búsqueda de una formación más sistemática, al cambiarme a la Facultad de Ciencias en 1966, me inscribí también en la Licenciatura en Filosofía en el antiguo Instituto Pedagógico de la calle Macul y comencé a participar regularmente en las lecturas guiadas por Roberto Torreti en el Centro de Estudios Humanísticos de la Escuela de Ingeniería. Las grandes polémicas ideológicas del Pedagógico no me interesaron tanto como lo que pude describir gracias a las clases de Francisco Soler que resonaban con la formación alemana de Torreti, y que se plasmaban en las colecciones de la biblioteca del Centro. Encontré así la fenomenología europea, y comencé una lectura, que se continúa hasta hoy, de Husserl, Heidegger, y Merleau-Poty. Por primera vez me parecía encontrar en estos autores una preocupación por el tematizar la experiencia vivida que considero fundamental.


El segundo y fulgurante descubrimiento de estos años fue la naturaleza social de la ciencia. Le debo a Félix Schwartzman el haberme introducido temprano a todo ese mundo. En su curso de la Facultad de Ciencias conocí lo que hasta entonces era el saber de una minoría en Chile, los trabajos de la escuela francesa de historia y filosofía de las ciencias: Alexandre Koyré (sobre todo), Georges Canguilhem, y Gastón Bachelard. En todos estos autores se expresa la convicción no intuitiva de que las ideas científicas se hacen y cambian de manera abrupta y no por una suerte de acumulación de "evidencia puramente empírica", que se sustentan de imágenes e ideas que no son dadas e inmutables y que cada época es ciega a los fundamentos de lo que toma por cierto y evidente. El gran público se hizo consciente de todo esto gracia al famoso libro de Thomas Kuhn3, que es imposible sin los antecedentes de la escuela francesa a la que Kuhn cita con reverencia. Para mis cortos 19 años, estas lecturas guiadas de Schwartzman sobre el quehacer científico me sacaron para siempre de la posición de ingenuo aprendiz a ser también un crítico de lo que yo recibía en mi formación profesional.



» Referencia del Prefacio de Francisco Varela García a la Segunda Edición del Libro: De máquinas y seres vivos: Autopoiesis, La Organización de lo vivo.


» Indice del Libro: De máquinas y seres vivos: Autopoiesis, La Organización de lo vivo.



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 1..3 de 3 Opiniones

  1. 1:26 Horas, 24/7/2017


  2. Jorge » jbgamerotutopia.com15:15 Horas, 2/5/2010


    El libro es magnífico. No debe faltar en la biblioteca de quienes estudian Biología, o algunas de sus numerosas ramas. Se encuentra en la misma línea de los trabajos de Stuart Kauffman sobre la autoorganización de los serres vivos (teoría del atractor). Son ideas que redefinen la ciencia biológica desde sus bases. Es un lástima que Maturana, Varela , o Kauffman, no hayan reparado más en la obra de Ramón Margalef (Margalef tampoco reparó demasiado en la obra de los autores mencionados). Su conocimiento torna más accesible una obra como la presente. Su tratamiento de los seres vivos como sistemas físicos complejos, acerca a la comprensión de "De máquinas y seres vivos". El texto de Maturana y Varela extiende su manto hacia el concepto de Evolución, distinguida en forma tajante de la ontogenia. Pero en los últimos tiempos, Francisco volaba ya en otra dirección con su concepto de Deriva Natural. La muerte lo sorprendió, pero dejó señalado el camino a seguir.

  3. 9:04 Horas, 2/5/2010



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