De Máquinas Y Seres Vivos: Autopoiesis. Prefacio de Francisco Varela: Cerebro, máquinas y matemáticas, Epistemología experimental, Harvard y la crisis del 68
La Facultad de Ciencias en aquella época pionera, hacía pocas concesiones en el nivel de formación matemática. En mi primer día de clases, sin decir una palabra, el profesor comenzó a escribir...

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Autopoiesis.cl Sábado 23 de Mayo del año 2009 / 10:28
Cerebro, máquinas y matemáticas

La Facultad de Ciencias en aquella época pionera, hacía pocas concesiones en el nivel de formación matemática. En mi primer día de clases, sin decir una palabra, el profesor comenzó a escribir: "Sea E un espacio vectorial; los axiomas de E son:...". Después del primer shock para ponerse a nivel, descubrí en las matemáticas un lenguaje y una manera de pensar que me fascinaron. Al mismo tiempo descubrí gracias a Heinz von Foerster, el mundo de la cibernética, los modelos y la reflexión sistémica. Heinz es uno de los fundadores de todo ese universo de discurso y aunque no lo conocí en persona sino en 1968, se transformó en un personaje de gran importancia para mí. En sus papers, que circulaban por el laboratorio de calle Independencia, aparecían títulos que me maravillaban, tales como Historia natural de las redes neutrales u otros más intraducibles como A circuity of clues for platonic ideation . Encontré en estas ideas un instrumento para expresar las propiedades de los fenómenos biológicos, más allá de sus particularidades materiales.


Era una manera de pensar que había sólo aparecido en los años cincuenta, más claramente con la publicación del libro Cybernetics de Norbert Wiener (1962) y bajo la influencia de otro gran personaje de MIT, Warren Mc Culloch5, quien Humberto había conocido en 1959-60 cuando trabajaba en MIT. Wiener, McCulloch y von Foerster fueron pioneros de la conjunción de la reflexión epistemológica, la investigación experimental y la modelización matemática. Entre otras cosas, aparecía aquí expresado de manera contagiosa que la metáfora del computador no era lo único que había a la mano para pensar en el operar del sistema nervioso.



Entrada en la epistemología experimental

El aprendizaje del oficio de neurobiólogo no era lo único que pasaba en el subterráneo de Independencia. Humberto había entrado francamente en un período de cuestionamiento de ciertas ideas dominantes en neurobiología, y la discusión, la lectura y el debate eran cotidianos, fomentados por la presencia de Gabriela Uribe, médico de clara inclinación epistemológica que trabajaba con Maturana en esa época. Eran tiempos de búsqueda y discusión para poner en foco lo que aparecía como una insatisfacción y una anomalía. La insatisfacción principal apuntaba al hecho de que la noción de información, supues¬tamente clave para entender del cerebro y el conocimiento, no aparecía jugando un papel explícito en el proceso biológico. Humberto intuía que los seres vivos son, como decía en aquella época, 'auto referidos', y que de alguna manera el sistema nervioso es capaz de generar sus propias condiciones de referencia. Se trataba de hacer una reformulación que condujera a una "epistemología experimental", un feliz término introducido por McCulloch. Gabriela y Humberto habían comenzado un estudio de ciertos efectos cromáticos similares a los descritos por E. Land en 1964, y que se transformaron en el tópico alrededor del cual se realizaba un primer intento de reformular la percepción visual como no-representacional.
El tiempo de mi formación en Chile terminaba. El Departamento de Biología de la Facultad de Ciencias me ofreció apoyo para obtener una beca de la Universidad de Harvard para hacer un doctorado (aunque sólo había completado 4 años de Universidad, dos en Medicina y dos en la Facultad). Empecé a cerrar mi vida de estudiante en Chile, consciente de partir con un centro de interés claro en la epistemología experimental, y con sus tres pilares vivos en mi imaginación.



Harvard y la crisis del 68

Partí a Harvard un día 2 de enero de 1968, en un avión de Braniff, y leyendo un texto de Koyré sobre Platón. Llegué a Cambridge con una gran tormenta de nieve, sin casa, lejos de hablar inglés fluidamente, y con la espada de Damocles sobre mí: si no rendía en todo con 'A' la beca seña suspendida. Fueron unos primeros meses duros, pero una vez instalado, sabiendo ya moverme en este nuevo reino, me lancé de lleno a escuchar cursos y seminarios de todo tipo: en antropología (los estudios sobre la etología natural de primates comenzaba), en evolución (S. Gould acababa de llegar a Harvard y contrastaba con E. Mayr, el clásico), en matemáticas (la teoría de sistemas dinámicos no lineales se descubría en esa época), y en filosofía y lingüística (Chomsky era la figura dominante junto a Putnam y Quine). Encontré en Cambridge bibliotecas hasta entonces de fábula, bien provistas y abiertas a toda hora. Tenía la impresión de haber saltado de galaxia, y no recuerdo un solo día en que no sintiera las ganas de absorber como heliogábalo todo lo que tenía a la mano.


Muy luego me di cuenta, con gran sorpresa, que respecto a mis compañeros de generación en los estudios doctorales, mi visión de la ciencia y mis intereses eran francamente más heterodojos y maduros que la mayoría. Es más, me di cuenta que ponerse a hablar con mis profesores de problemas epistemológicos como estaba habituado a hacerlo en Santiago, era mal visto. Lo mismo ocurrió cuando intenté buscar cultivar mis intereses en biología teórica. Lo que había sido la escuela de MIT, en 1968 había ya desaparecido, con Mc Culloch jubilado y sin nadie que tomara su lugar. Mi único punto de referencia continuaría siendo von Foerster a quien visité varias veces en el Biological Computer Laboratory en la Universidad de Illinois en Urbana, un activo y productivo centro que él dirigía en esos años. Fue fácil concluir que mi búsqueda intelectual tendría que ser en dos tiempos: el oficial y el privado.


Oficialmente me hice alumno de Keith Porter, en cuyo laboratorio aprendí a trabajar en biología celular, y de Torsten Wiesel, quien poco después recibiría el Premio Nobel por sus trabajos sobre el "procesamiento de información" en la corteza visual. Orienté mi interés a aspectos comparativos de la visión y me puse a trabajar en la estructura funcional de los ojos de los insectos, que sería el tema de mi Tesis. Para comienzos de 1970 había ya publicado cuatro artículos en el tema, y aprobé mi Tesis en abril de 1970.


Fuera del laboratorio y extraoficialmente, por primera vez me movía en un mundo enormemente más vasto que el de Santiago, con jóvenes de otra cultura, donde se mezclaban las nacionalidades y las razas. El azar quiso que esos años portaran los míticos eventos que marcaron a toda mi generación. Lo que comenzara en París la noche del 10 de mayo de 1968 correspondía con el Movement norteamericano, nucleado por la oposición a la guerra de Vietnam. A los muertos en Kent State siguieron las primeras huelgas estudiantiles a las que me uní, con momentos dramáticos como la noche en que la policía nos sacó a palos de Harvard Yard. Los años en Cambridge fueron para mí el descubrimiento de mi inserción social ciudadana y de la posibilidad de hacerme responsable de cambios en mi entorno social. Fue un reencuentro, a la distancia, con mis raíces en América Latina a través de mis amigos del Movement que exaltaban la revolución cubana. No sólo era la ciencia lo que me ocupaba, era también el sueño de pensar en una América Latina nueva, propia de nuestra generación.


El haberme descubierto como animal social y político, acentuó la necesidad de guardar silencio en público sobre mis verdaderos intereses en los círculos oficiales. Fiel a la idea de ciencia como actividad que se hace y se crea a saltos y por innovaciones atrevidas, cultivé con mis camaradas de generación la intención de volver a Chile a hacer una ciencia distinta, donde las anomalías que ya había presentido en Chile y que se acentuaban en EE.UU., pudieran ser transformadas en práctica científica. Hacer ciencia original y propia parecía lo mismo que el compromiso con mi historia y mis orígenes.


Me gradué de doctor en Biología en junio de 1970. Contra el reclamo de mis profesores, decliné un cargo como investigador de Harvard y otro como Profesor Asistente en otra universidad americana. Decidí aceptar el cargo que me ofrecía la Facultad de Ciencias, justamente deseosa de recuperar el esfuer¬zo que se había puesto en mi formación. Volví a Chile el 2 de septiembre de 1970, y la elección de Allende dos días más tarde me pareció mi segunda y verdadera graduación. Por fin el trabajo podía comenzar en pleno, con proble¬mas claves bien delimitados, con la seguridad de ser tan preparado y compe¬tente como el que más en la escena científica mundial, y con el contexto de trabajar en una inserción en la que había un futuro por construir. Esta conver¬gencia de circunstancias fue absolutamente decisiva. Es con todos estos ingredientes de la situación a septiembre de 1970 que puedo ahora volver a la especificidad de la noción de autopoiesis y su gestación.



» Referencia del Prefacio de Francisco Varela García a la Segunda Edición del Libro: De máquinas y seres vivos: Autopoiesis, La Organización de lo vivo.


» Indice del Libro: De máquinas y seres vivos: Autopoiesis, La Organización de lo vivo.



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 1..2 de 2 Opiniones

  1. 1:26 Horas, 24/7/2017


  2. gloria » gloria_02_87yahoo.es15:42 Horas, 14/4/2011


    interesante!


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