Buscando a Einstein. Prólogo de «Einstein: ciencia y conciencia» Francisco Fernández BueyFuente: La Insignia. España, abril del 2005.
Si en el cincuentenario de su muerte uno se pone hoy a buscar a Einstein, con la socorrida ayuda de san Google, encontrará dos millones trescientas y pico mil entradas. Esto me sugiere dos cosas...

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Francisco Fernández Buey Jueves 27 de Julio del año 2006 / 22:31
• Prólogo de «Einstein: ciencia y conciencia» Francisco Fernández BueyFuente: La Insignia. España, abril del 2005.
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Si en el cincuentenario de su muerte uno se pone hoy a buscar a Einstein, con la socorrida ayuda de san Google, encontrará dos millones trescientas y pico mil entradas. Esto me sugiere dos cosas. Una: que, a pesar del tiempo transcurrido y de lo que ha cambiado el mundo desde su muerte, Einstein sigue siendo la leyenda que fue en vida. Y dos: que, como decía Sánchez Ron en un repaso de obras aparecidas recientemente, es ya muy difícil aportar algo nuevo sobre el creador de la teoría de la relatividad. La comprobación de la enorme cantidad de cosas escritas sobre Einstein (y en Google no están todas) es como para bajar los humos a cualquier autor que pretenda decir algo original, innovador. La galaxia einsteiniana es inmensa y, tal vez, a lo más que se puede aspirar hoy en día, cuando se escribe sobre Einstein, es a añadir una mota más en esa galaxia todavía en expansión.

Se puede, en cambio, hacer algo para no trivializar su obra, para no demediar su pensamiento. La última de las entradas de san Google, hace unos días, es una noticia de la agencia EFE, que cita al diario Jerusalén Post y dice así:

"La Universidad Hebrea de Jerusalén, que es heredera de los escritos y otros bienes de Albert Einstein, informa que recibirá de la Corporación Walt Disney 2,6 millones de dólares durante 50 años por utilizar el nombre del autor de la teoría de la relatividad para una línea de juguetes educativos, 'Baby Einstein'. El juguete llevará además la impresión del logotipo de la Universidad. La Corporación Walt Disney empleará el nombre de Einstein en un libro con páginas de material plástico para que los niños pequeños puedan jugar con él en la bañera, y en un juguete musical que, al ser activado, les dice: Tienes que ser Einstein para saber cómo apagarlo".

Hasta la fecha, las autoridades universitarias habían rechazado tres ofrecimientos, uno de ellos por el derecho a emplear la imagen del sabio en un concierto de la cantante Madonna; el segundo, de una firma que pretendía utilizar su imagen para promover la venta de vodka; y el tercero, del Departamento de Defensa de los EE.UU. para impulsar uno de sus programas [...] La susodicha Universidad ha declarado a los medios de comunicación de Jerusalén que Einstein estaría encantado al conocer la noticia".

O sea: que cincuenta años después de la muerte de Einstein, al menos en esto de la manipulación de la imagen del científico, estamos donde estábamos. Es casi seguro que si se hubiera enterado de una cosa como ésta el viejo Einstein habría reaccionado recurriendo al humor. Muy probablemente con buen humor. Y no porque apreciara lo que Walt Disney representa, sino por los niños: porque le gustaba dialogar con los niños, explicarles cómo se apagan y cómo se encienden los utensilios que se apagan y se encienden y algunas otras cosas a las que daba más importancia que a esa trivialidad. Cosas así: cómo educarse para la paz, cómo aprender música con provecho, cómo aprender matemáticas sin ser un genio o cómo salirse de un rebaño de ovejas cuando la autoridad quiere hacernos ovejas...

En varias de las muchas biografías escritas sobre Einstein desde su muerte hasta ahora se dice que, además de ser un genio científico, tenía un carácter infantil. Y a veces se añade que cuando trataba de asuntos no científicos, o sea, de asuntos públicos controvertidos, socio-políticos o ético-políticos, Einstein no sólo era infantil sino un ingenuo incorregible. Sintomáticamente, esas cosas se suelen decir de Einstein, en algunas de las biografías, al enjuiciar su pacifismo y su antinacionalismo durante los años de la primera guerra mundial, su aproximación a los consejistas anarco-comunistas durante la revolución alemana, la radicalización de sus preocupaciones sociales en la Europa de entreguerras, su carta al presidente Roosevelt en 1939, su oposición a la carrera armamentista al acabar la segunda guerra mundial, su reiterada propuesta de un gobierno mundial para hacer frente al peligro de guerra atómica, su defensa de la desobediencia civil en la época del macartismo, su toma de partido a favor del socialismo en la Monthly Review o la reafirmación del gandhismo y la no-violencia en los últimos años de su vida.

De creer a algunos de estos biógrafos Einstein habría sido una especie de vizconde demediado que alcanzaba las más altas cumbres de la inteligencia humana cuando se ponía a hacer cálculos matemáticos sobre la estructura del universo y luego metía la pata una y otra vez, por infantilismo (o por "las malas compañías", como sugiere algún que otro biógrafo), al ocuparse de los asuntos públicos de este mundo terrenal. Ha sido la insistencia de algunos biógrafos en este Einstein demediado, genio-infantil, el principal motivo que me ha llevado a escribir Einstein. Ciencia y conciencia (*), a pesar, claro, de la dificultad de decir algo nuevo, de innovar en el estudio de su pensamiento y de su hacer.

Digo esto no porque crea yo en la imposibilidad material del genio científico infantil o del científico inapto (e incluso inepto) para los asuntos públicos, que ha habido casos así a lo largo de la historia y en el presente, sino porque esa interpretación trivializadora no cuadra con la lectura atenta que cualquier persona puede hacer precisamente de aquellos escritos en los que Einstein aborda algunos de los principales problemas socio-políticos de la época en que le tocó vivir.

Me pregunto qué tiene de ingenuo o de infantil un hombre que escribe, en su juventud, que "el hambre y el amor son y seguirán siendo instintos tan importantes de la vida y que casi todo se puede explicar por ellos o que ser idealista cuando se vive en Babia no tiene ningún mérito pero lo tiene, en cambio, el seguir siéndolo cuando se ha conocido el hedor de este mundo".

¿Puede realmente llamarse ingenuo o infantil a un hombre que ha escrito, en su vejez, que "la supremacía de los tontos es insuperable y está garantizada para siempre", para añadir a renglón seguido que "por suerte, la falta de coherencia de estos mismos tontos alivia el terror de su despotismo" o que "los contrastes y contradicciones que pueden pervivir permanente en un cráneo hacen ilusorios todos los sistemas de los optimistas y de los pesimistas políticos"?

Es verdad que, aun teniendo esto en cuenta, siempre se puede contestar a la pregunta anterior diciendo que sí, que, efectivamente, hay en la obra de Einstein muchos aforismos y pensamientos de ese tenor y que, en cierto modo, ateniéndose a ellos, habría que llegar a la conclusión de que Einstein no fue sólo un gran físico matemático sino también un filósofo de la naturaleza y un pensador humanista, pero que no obstante -y ahora no sólo como físico sino como pensador- en sus intervenciones públicas siguió comportándose como un niño, ingenuamente. Pues, al fin y al cabo, se dirá, también ha habido y hay pensadores (e incluso filósofos de profesión) que no se enteran de lo que vale un peine cuando pasan de la teoría a la acción en los asuntos públicos que conciernen a este mundo nuestro.

Pues bien, lo que el lector de hoy puede concluir de una lectura atenta de la obra de Einstein es que ésta no es sólo interesante desde el punto de vista de la historia de la ciencia: otro ejemplo, notabilísimo en este caso, de que el científico, por grande que sea, "anda siempre como el enano a hombros de gigantes" lo es también desde la perspectiva de la historia de las ideas en general. Esa lectura atenta pone de manifiesto, o al menos así me lo parece, que también las razones que Einstein adujo para defender las causas que defendió (la del pueblo judío, la del pacifismo, la del socialismo democrático, la del gandhismo,etc.) eran sólidas, nada ingenuas y menos infantiles.

Tal vez lo más acertado sea decir que en la obra no propiamente científica de Einstein hay mucho pensamiento crudo (en el sentido de Brecht) y mucho pensamiento dialógico, no sistemático, pero muy poca ingenuidad. Prueba esto último la importancia recurrente que tienen en sus notas y reflexiones autobiográficas cuatro palabras: soledad (él mismo se consideró un viajero solitario), rareza (que parece oponerse a lo que representa el normópata cotidiano), locura (en referencia, casi erasmista, a la especie de la que es parte, que es la especie de la hybris) y misterio (no sólo en referencia al universo en su conjunto sino como juicio acerca de la propia existencia).

Como ha señalado Gerald Holton, hay, sí, una gran ambivalencia en Einstein. Ambivalencia no exenta de contradicciones. Pero incluso esta ambivalencia, que es lo que hace tan difícil meter a Einstein en uno de los cajones establecidos por la filosofía en general, por la filosofía de la ciencia en particular o por la filosofìa moral y política, resulta en él, como en otros casos, muy fructífera. Es un antídoto frente a los dogmas. De cualquier tipo.

Lo fue, fue fructífera, ya en vida del propio Einstein: sin él no se puede explicar el desarrollo de la filosofía de la ciencia entre 1930 y 1970. Y lo es más aún 50 años después de su muerte, pues incluso en el ámbito en que cosechó mayores críticas-el del pensamiento ético-político- lo que dijo y escribió nos parece ahora, sobre todo por comparación con lo que dijeron y escribieron otros muchos grandes contemporáneos suyos, prudente y sabio, discreto en su rebeldía frente al absolutismo y el poder desnudo y digno en sus relaciones (que las tuvo) con los de arriba, con los poderosos.

Basta con releer su correspondencia con Freud, fijarse en los argumentos de "¿Por qué el socialismo?" o volver sobre sus escritos acerca de la paz y la responsabilidad del científico en la época de las armas de destrucción masiva para darse cuenta de que, también en estas cosas, Einstein estaba elaborando un pensamiento, una nueva forma de pensar, que nos toca directamente. Si se me permite la broma, que viene a cuento para abreviar sobre estas cosas de las que se habla aquí, la célebre fórmula E=mc2 se podría traducir así: la Emancipación (de la humanidad) será igual a la multitud (activa) con conciencia al cuadrado...Donde elevar la conciencia al cuadrado, cosa difícil entre todas las cosas, vendría a ser una invariante para hacer realmente humano eso que solemos llamar humanidad. Nada de relativismo, pues.

Y en cuanto a las contradicciones, ¿quién nos las tiene? Lo ingenuo, lo infantil, es pretender no haberlas tenido. No lo es, en cambio, saber que hay que cargar dignamente, y con humor, con esa cruz a la que llamamos contradicción. Y Einstein lo sabía. Por lo menos al final. Dijo a este respecto: "Para castigarme por mi desprecio de la autoridad, el destino me convirtió a mí mismo en una autoridad".

Se comprende que Beltolt Brecht, al regresar a Alemania al término de la segunda guerra mundial, haya querido convertir a Einstein en personaje central de una de sus últimas obras teatrales. Y se comprende porque en aquella ambivalencia fructífera hay una clave para reflexionar en serio sobre la responsabilidad moral y social del científico en la época de las armas de destrucción masiva, acerca de lo que el propio Einstein llamó el destino trágico del científico contemporáneo. Brecht no logró llevar a buen puerto su proyecto. Y no lo logró, sintomáticamente, porque una de las personas que mejor había conocido a Einstein en Princeton le espetó:"¿Einstein al teatro? Pero ¿con quién le va a hacer usted dialogar?" Un eco de aquella preocupación hay, sin embargo, en la última versión del Galileo Galilei brechtiano. Científicos y humanistas de hoy harían bien en leer (o releer) aquellos pasos del Galileo Galilei comparándolos con lo que el viejo Einstein estaba escribiendo desde Princeton sobre la responsabilidad del hombre de ciencia. Se verá entonces que eso de la ciencia con conciencia puede existir.
  • Francisco Fernández Buey
  • http://antroposmoderno.com/antro-articulo.php?id_articulo=880

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