Introducción Libro: De Máquinas Y Seres Vivos: Autopoiesis, La Organización de lo Vivo
Cuando un espacio se divide en dos, nace un universo: se define una unidad. La descripción, la invención y la manipulación de unidades están en la base de toda indagación científica.

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Autopoiesis.cl Sábado 30 de Mayo del año 2009 / 8:03

Cuando un espacio se divide en dos, nace un universo: se define una unidad. La descripción, la invención y la manipulación de unidades están en la base de toda indagación científica.

En nuestra experiencia común encontramos los sistemas vivos como autónomas, asombrosamente diversas, dotadas de la capacidad de reproducirse. En estos encuentros, la autonomía es tan obviamente un rasgo esencial de los sistemas vivos, que siempre que uno observa algo que parece autónomo, la reacción espontánea es considerarlo viviente. Pero, aunque revelada de continuo en la capacidad homeostática de los sistemas vivos de conservar su identidad a través de la compensación activa de las deformaciones, la autonomía parece hasta ahora ser la más huidiza de sus propiedades.


Autonomía y diversidad, conservación de la identidad y origen de la variación en el modo como se conserva dicha identidad, son los principales desafíos lanzados por la fenomenología de los sistemas vivientes a los que los hombres han dirigido durante siglos su curiosidad acerca de la vida.


En su tentativa de dar cuenta de la autonomía, el pensamiento clásico, dominado por Aristóteles, creó el vitalismo, asignándoles a los sistemas vivos un elemento rector inmaterial finalista que adquiría expresión mediante la materialización de sus formas. Después de Aristóteles y como variaciones de sus conceptos fundamentales, la historia de la biología registra muchas teorías que de un modo u otro intentan abarcar toda la fenomenología de los sistemas vivientes bajo alguna fuerza organizadora peculiar. No obstante, mientras más buscaban la formulación explícita de una u otra de esas fuerzas organizadoras especiales, más decepcionados quedaban los biólogos al hallar solamente lo mismo que en cualquiera otra parte del mundo físico: moléculas, potenciales y ciegas interacciones materiales gobernadas por leyes físicas carentes de objetivo. De ahí que, bajo la presión inevitable de la experiencia y el impulso decisivo del pensamiento cartesiano, emergiera un enfoque distinto, y que el mecanismo ganara paulatinamente el mundo biológico, al insistir en que los únicos factores operantes en la organización de los sistemas vivos son los factores físicos y negar la necesidad de alguna fuerza inmaterial organizadora de lo vivo. En efecto, ahora parece evidente que, una vez que se lo ha definido adecuadamente, cualquier fenómeno biológico puede describirse como surgido de la interacción de procesos físico-químicos cuyas relaciones son especificadas por el contexto de su definición.


La diversidad dejó de ser una fuente de perplejidad en la comprensión de la fenomenología de los sistemas vivientes por obra del pensamiento darwiniano y de la genética particulada, que consiguieron explicar la diversidad y su origen sin recurrir a ninguna fuerza directriz peculiar. Sin embargo, la influencia de estas nociones en la elucidación del cambio evolutivo, fue más allá de la mera explicación de la diversidad y ha trasladado por completo el énfasis en la evaluación de la fenomenología biológica del individuo a la especie, de la unidad al origen de sus partes, de su organización presente a su determinación ancestral.


Hoy las dos corrientes de pensamiento representadas por la explicación físico-química y por la explicación evolutiva están entrelazadas. El análisis molecular parece permitir entender la reproducción y el cambio; el análisis evolutivo parece explicar cómo pueden haberse iniciado estos procesos. Al parecer, estamos en un punto de la historia de la biología en que se han eliminado las dificultades fundamentales. Sin embargo, los biólogos se sienten desalentados cuando procuran mirar como un todo la fenomenología de los sistemas vivos. Muchos manifiestan este desaliento rehusando contestar la pregunta ¿qué es un sistema viviente? Otros tratan de encerrar las ideas actuales en teorías amplias regidas por nociones organizadoras como los principios cibernéticos, que implícitamente exigen a los biólogos la comprensión fenomenológica que se quiere obtener con ellas. La pregunta siempre presente es: ¿Qué tienen en común todos los sistemas vivos que nos permite calificarlos de tales?, si no es una fuerza vital, si no es alguna clase de principio organizativo, ¿qué es entonces? Para tomar solamente un notable ejemplo reciente, mencionemos el libro Le hasard et la nécessité, de J. Monod. Él trata de responder esta pregunta, pero -cediendo a la influencia del evolucionismo- postula una organización teleonómica de naturaleza molecular, esto es la subordinación de la organización individual a un plan definido por la especie en el cual es determinante la invariancia de la reproducción. Pero las nociones teleonómicas dejan intocada en lo esencial la cuestión de la organización de la unidad viva.


Nuestro intento es señalar la naturaleza de la organización de los sistemas vivos. En nuestro enfoque tomamos como punto de partida el carácter unitario de un sistema viviente, y sostenemos que, poniendo énfasis en la diversidad, la producción y la especie para explicar la dinámica del cambio, el evolucionismo hizo menos notoria la necesidad de considerar la autonomía de las unidades vivas para comprender la fenomenología biológica. Pensamos que la conservación de la identidad y la invariancia de las relaciones definitorias de las unidades vivientes están en la base de la toda posible transformación ontogenética y evolutiva de los sistemas biológicos, y nos proponemos explorar esto en detalle. De modo que nuestro propósito es: comprender la organización de los sistemas vivos en relación con su carácter de unidades.


Nuestro enfoque será mecanicista: no se aducirán fuerzas ni principios que no se encuentren en el universo físico. No obstante, nuestro problema es la organización lo vivo y, por ende, lo que nos interesa no son las propiedades de sus componentes, sino los procesos, y relaciones entre procesos, realizados por medio de los componentes. Que esto se entienda claramente. Una explicación es siempre la reformulación de un fenómeno de manera tal que sus elementos aparezcan casualmente relacionados en su génesis. Más aún, una explicación la damos siempre en nuestra calidad de observadores, y es primordial distinguir en ella lo propio del sistema, como constitutivo de su fenomenología, de los que pertenece a nuestro dominio descriptivo y, en consecuencia, a nuestras interacciones con él, con sus componentes y con el contexto en que se lo observa.


Como nuestro dominio descriptivo resulta de que contemplamos al mismo tiempo la unidad y sus interacciones en el campo de observación, las nociones que surgen en el dominio de la descripción no forman parte de la organización constitutiva de la unidad (el fenómeno) por explicar. Por otro lado, una explicación puede asumir diferentes formas, según la naturaleza del fenómeno explicado. Así, para explicar el movimiento de un cuerpo que cae, uno recurre a propiedades de la materia y a leyes que describen el comportamiento de los cuerpos de acuerdo con esas propiedades (leyes cinéticas y gravitacionales), mientras que para explicar la organización de un equipo de control uno recurre a relaciones y a leyes que describen el comportamiento de las relaciones. En el primer caso, los elementos del paradigma causal son los cuerpos y sus propiedades; en el segundo caso, son las relaciones independientemente de la naturaleza de los cuerpos que las satisfacen. Como en este último caso, en nuestras explicaciones de la organización de los sistemas vivos, nos ocuparemos de las relaciones que los componentes físicos reales deben satisfacer para constituir uno de estos sistemas, no de identificar estos componentes físicos. Nuestra hipótesis es que existe una organización común a todos los sistemas vivos, cualquiera sea la naturaleza de sus componentes. Dado que nuestro tema es esta organización, y no las diversas formas en que puede hacerse efectiva, no haremos distingos entre tipos de sistemas vivientes.


Esta manera de pensar no es nueva, y se relaciona explícitamente con el propio nombre de mecanismo. Nosotros sostenemos que los sistemas vivos son máquinas; al hacerlo, estamos apuntando a varias nociones que debieran ponerse en claro. Primero implicamos un criterio no-animista que debería ser innecesario comentar mayormente. Segundo, estamos subrayando que a un sistema vivo lo define su organización, y, por lo tanto, que es posible explicarlo como se explica cualquiera organización, vale decir, en términos de relaciones, no de propiedades de los componentes. Por último, señalamos el dinamismo ostensible en los sistemas vivos connotado por la palabra máquina.

Estamos, pues, formulando una pregunta fundamental: ¿Cuál es la organización de los sistemas vivientes, qué clase de máquinas son ellos y cómo su fenomenología, incluidas la reproducción y la evolución, queda determinada por su organización?



» Indice del Libro: De máquinas y seres vivos: Autopoiesis, La Organización de lo vivo.

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