Capítulo 2: TELEONOMÍA UN CONCEPTO PRESCINDIBLE. De Máquinas Y Seres Vivos: Autopoiesis, La Organización De Lo Vivo
Teología y teleonomía son nociones empleadas en la descripción y explicación de los sistemas vivos, y aunque se aduce que no intervienen necesariamente en su funcionamiento como factores causales...

AutopoiesisAutopoietic systems
Autopoiesis.cl Sábado 30 de Mayo del año 2009 / 8:25

Teología y teleonomía son nociones empleadas en la descripción y explicación de los sistemas vivos, y aunque se aduce que no intervienen necesariamente en su funcionamiento como factores causales, se afirma que son rasgos indispensables para definir su organización. Lo que nos proponemos ahora es demostrar que, a la luz del capítulo precedente, estas nociones son innecesarias para comprender la organización de lo vivo.



I. AUSENCIA DE FINALIDAD

Comúnmente se señala como el rasgo más notorio de los sistemas vivientes el poseer una organización orientada a un fin o, lo que es equivalente, dotada de un plan interno reflejado y realizado por su estructura. Así, la ontogenia se considera generalmente un proceso integral de desarrollo hacia un estado adulto, mediante el cual se alcanzan ciertas formas estructurales que le permiten al organismo desempeñar ciertas funciones en concordancia con el plan innato que lo delimita con respecto al medio circundante. Por otra parte, se considera la filogenia como una historia de transformaciones adaptativas a través de procesos reproductivos, tendiente a llevar a cabo el plan de la especie con una total subordinación del individuo a ese fin. Más aún: hay organismos que incluso pueden mostrarse capaces de especificar por anticipado (como los autores de este libro) algún objetivo, y que coordinan todas sus actividades para conseguirlo (heteropoiesis). Ese elemento de aparente propósito o posesión de un proyecto o programa, que ha sido llamado teleonomía sin implicar ninguna connotación vitalista, se considera a menudo un rasgo definitorio necesario, si no suficiente, de los sistemas vivos.


Sin embargo, como viéramos en el primer capítulo, finalidad u objetivo no son rasgos de la organización de ninguna máquina (alo o autopoiética). Estas nociones quedan en el terreno del comentario de nuestras acciones, vale decir, pertenecen al dominio de las descripciones y, cuando se las aplica a una máquina o a cualquier sistema exterior a nosotros, expresan que estamos considerándolo dentro de algún contexto más amplio. En general, el observador le da algún uso a la máquina, mental o concreto, determinando así el conjunto de circunstancias en que ésta opera, así como el dominio de sus estados que él considera sus salidas.


El nexo entre estas salidas, las correspondientes entradas y la relación de unas y otras con el contexto en que las incluye el observador, constituye lo que llamamos objetivo o finalidad de la máquina que está situado, necesariamente, en el dominio del observador, quien decide el contexto y establece los nexos. Análogamente, la noción de función surge cuando el observador describe los componentes de una máquina o de un sistema refiriéndolos a una unidad más amplia -que puede ser la máquina en su totalidad o parte de ella- cuyos estados constituyen el objetivo al que han de conducir los cambios de los componentes. De nuevo aquí, no importa cuán directo sea el nexo causal entre el cambio de estado de los componentes y el estado del sistema en total a que ellos dan origen con sus transformaciones; la connotación de diseño a que alude la noción de función, es establecida por el observador y no pertenece al dominio de la máquina misma.


La organización de una máquina, auto o alopoiética, sólo enuncia relaciones entre componentes y leyes que rigen sus interacciones y transformaciones. Es decir, solamente especifica las condiciones en que surgen los diversos estados de la máquina, los cuales aparecen como resultado necesario cada vez que se presentan esas condiciones. Luego, las nociones de finalidad y función no tienen ningún valor explicativo en el campo fenomenológico que pretenden esclarecer, porque no intervienen como factores causales en la reformulación de fenómeno alguno. Esto no impide que sean adecuadas para orientar al lector hacia determinado dominio del pensamiento. Asimismo, la predicción de un estado futuro en una máquina sólo consiste en la rápida captación de sus estados sucesivos por el observador, y cualquier referencia a un estado previo para replicar otro ulterior en términos funcionales o finalistas, es un subterfugio descriptivo, basado en la observación mental simultánea de ambos, que induce en la mente del lector una captación sinóptica de la máquina. De modo que cualquier máquina, parte de máquina o proceso de desarrollo predecible, puede describirlo un observador como dotado de plan, finalidad o función, si lo trata en debida forma con respecto a un contexto más amplio.


En consecuencia, si los sistemas vivientes son máquinas autopoiéticas, la teleonomía pasa a ser solamente un artificio para describirlos que no revela rasgo alguno de su organización, sino lo consistente que es su funcionamiento en el campo donde se los observa. Como máquinas autopoiéticas; los sistemas vivos carecen, pues, de finalidad.



2. INDIVIDUALIDAD

La eliminación de la noción de teleonomía como rasgo definitorio de los sistemas vivientes, cambia por completo el carácter del problema y nos obliga a considerar la organización de la unidad como cuestión central para comprender la organización de los sistemas vivos.


En efecto, un sistema viviente puede señalarse como unidad de interacciones, y como individuo, en virtud de su organización autopoiética, que determina que todo cambio en él se produzca subordinado a su conservación, fijando así los límites que determinan lo que le pertenece y lo que no le pertenece en su materialización concreta. Si en un sistema vivo no se cumpliera (directa o indirectamente) la subordinación de todo cambio a la conservación de su organización autopoiética, dicho sistema perdería ese aspecto de su organización que lo define como unidad y, por ende, se desintegraría. Por supuesto, como quiera que se la defina, para toda unidad es cierto que la pérdida de su rasgo definitorio redunda en su desintegración; lo peculiar de los sistemas vivientes no es su posibilidad de desintegrarse, sino el hecho de que se desintegran siempre que pierden su organización. Consecuencia de esto es que, en cada sistema vivo, todo cambio debe producirse sin interferir con su funcionamiento como unidad, en una historia de cambios a través de la cual su organización, autopoiética permanente invariante.


Luego, la ontogenia es expresión tanto de la individualidad de los sistemas vivos como de la forma en que esa individualidad se concreta. En cuanto proceso la ontogenia no representa, pues, el paso de un estado incompleto (embrionario) a otro más completo o definitivo (adulto), sino la manifestación del devenir de un sistema que es en cada instante la unidad en su totalidad.


La noción de desarrollo, como la de finalidad, surge en el contexto de la observación, de modo que pertenece a un dominio que no es el de la organización autopoiética del sistema vivo. Análogamente, el comportamiento que un observador puede presenciar en una máquina autopoiética, es el reflejo de la sucesión de cambios que ella experimenta mientras mantiene constantes las variables afectadas por perturbaciones y mientras establece los valores en cuya vecindad se mantienen en todo momento esas variables. Como la máquina autopoiética no tiene entradas ni salidas, toda correlación que el observador pretende revelar entre hechos externos que la perturban periódicamente y la transición de un estado a otro resultante de esas perturbaciones, pertenece a la historia de la máquina en el contexto de la observación, y no al funcionamiento de su organización autopoiética.


» Indice del Libro: De máquinas y seres vivos: Autopoiesis, La Organización de lo vivo.



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 1..1 de 1 Opiniones

  1. jose jesus borj » jborjonnyahoo.com.mx9:24 Horas, 23/4/2014


    Me parece un tema muy interesante que debe aprovecharse en las ciencias sociales


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